Biografia L.Tovar

 

Las cosas del mundo se originan en el ser.

Y el ser se origina en el no ser.

Lao – Tse (Tao Te Ching)

 

Cuando alguien nace para crear, el universo se confabula para que lo logre. En el caso de Carmen López Tovar es un hecho constatable, la vida hecha arte, el arte de vivir plasmado en sus obras y en lo que fue su día a día. Comenzó como hacemos todos: naciendo. Lo hizo en Pedrola (Zaragoza) allá por 1933, el 17 de abril para ser más exactos. Nació en la República, crecería con la Guerra y el Franquismo. Criada en el seno de una familia católica, sobrina del cura del pueblo don Cándido Tovar, tercera hija de cuatro hijos del matrimonio de Filomena Tovar y Vicente López Jimeno.

Su padre ganadero y agricultor, su madre ama de casa. El pueblo, sus calles y el campo, escenario por donde correteaba Carmen y sus amigas de la infancia, Carmen Cuesta alias Carmencita, Rosa Perico, Maria Teresa Lidoy mantenidas de por vida e incluso más allá. Cabe sorprenderse que en este ámbito y con ningún antecedente familiar, germinara en Carmen el bullicio del arte y la quimera del viaje como conocimiento de si misma y del mundo que la esperaba tras el insólito paisaje de su niñez. Sus primas, entre ellas Floren Sao Jimeno del vecino pueblo de Luceni, confidentes de su primer gran amor que no tuvo un desenlace feliz debido a diferencias políticas de las familias, signo inequívoco del tiempo que le tocó vivir en la España de posguerra.

Carmen la niña, entre risas y llantos, forjaría su carácter. El impulso creador la hacia posar durante horas sus ojos en el vuelo de los pájaros, el silencio de las hojas mientras caían a la tierra o los copos de nieve creando extrañas formas en los intrincados y nudosos árboles de su infancia. Por momentos presa de si misma y de sus inquietudes en más de una ocasión se encontraría alienada del tiempo que le había tocado vivir y las pocas perspectivas que oteaba en su púber horizonte.

En el colegio La Consolación (1937 – 1953) donde realizaba sus estudios ya, en sus manos, los pinceles y el carboncillo plasmaban con la fuerza creativa de su interior lo que veía y pululaba por el exterior. En esta época destacaban sus retratos, de los cuales desgraciadamente no se conserva ninguno.

El artista se reconoce a si mismo cuando crea y Carmen bien pronto tuvo que saber que su expresión artística era su pasión y su vida, duro tuvo que ser reconocerlo y llevarlo en silencio. Las circunstancias de la vida en aquellos momentos no eran las más indicadas para que una mujer gritara a los cuatro vientos sus pasiones, quimeras o incluso cualquier pensamiento con síntomas de inteligencia. La mujer estaba relegada a un segundo plano y eso tenía que pesarle como rueda de molino y más siendo su pasión la creación a través del arte plástico y con los años también escultóricos.

En 1949 acontece la muerte de su padre debido a una pulmonía. Cabe imaginar el descalabro para la familia y para su incipiente juventud, también el esfuerzo que le supondría a la viuda sacar adelante a los hijos. Ella entre sus pasiones y sus quejas, agarrada a los pinceles y al desasosiego del artista, deambulaba por las calles de su pueblo agarrándose con fuerza a la vida. Endureciendo su espíritu para afrontar su experiencia vital llevando a cabo su mayor anhelo: la creación de su arte.

El tiempo pasa inexorable, en 1951 se casa su hermano Vicente con Pilar Balaguer y de este enlace nacen dos hijos, Vicente López Balaguer y Ángel Fernando López Balaguer.

Pero es en 1957 cuando su vida da un cambio debido a la muerte de su madre, aquejada de un cáncer de útero. Empieza a trabajar en el palacio de Villahermosa con la marquesa de Narros, ejerce durante cinco años de doncella personal. Es allí donde conoce otra clase de vida y puede acceder a otro círculo de personas con otras inquietudes y amantes del arte. Conoce algunos artistas; consulta la gran biblioteca del palacio donde disfruta de la literatura que por aquella época sólo se la  podían permitir algunas familias en España. Incluso accede a álbumes de los grandes pintores pudiendo ojear las láminas de sus obras. El carácter de Carmen se va forjando como una de sus esculturas, a golpe de pequeño cincel amoroso y duro, perfilando lo que será la escultura de su vida. En muchos momentos sola, abatida, perdido su amor, huérfana, aislada en su mundo de colores y maderas sin devastar.

En 1963 abandona el palacio y se traslada a Suiza, a la zona italiana.

Durante unas vacaciones en Zaragoza el destino, ojo avizor, le pone en su camino al que más tarde será su esposo, Eduardo Julvez Alcaine. Como suelen ocurrir estas cosas, estando sentada con unas amigas en la cafetería Las Vegas en el paseo independencia, entre revuelo de faldas, risitas nerviosas y batidos de chocolate. Surgieron los dimes y diretes, las miradas, las sonrisas de medio lado. El azar de los años sesenta. Con una promesa de olvido por parte de ella y un gesto de aquiescencia por parte de él, se despiden.

Eduardo nació en Zaragoza pero residía en Caracas a donde emigró en época de posguerra. El chamo aguerrido no pensó ni por un momento en perder a la mujer que se había instalado cómodamente en su corazón, sin ruido, suave como un pincel.

Allá que va Eduardo y se planta en la puerta de Carmen con la petición de matrimonio en los ojos, en la alegría del rostro. Pocas mujeres habrían dicho que no.

Aun así no es hasta el 29 de agosto de 1965 que se produce el enlace. Este se produjo en el pueblo de Nuevalos, provincia de Zaragoza y como no podía ser de otra manera en el entorno inigualable del Monasterio de Piedra. Después se van a vivir a Caracas, Venezuela. Aquella mujer de Pedrola comenzaría así una nueva vida y un itinerario que le llevaría al final inevitable: dar rienda suelta a su creatividad, su otro yo. Su atman

La vida con Eduardo no es lo que su desbordante imaginación auguraba. Marido celoso que hasta en la pintura ve a un enemigo, síntoma de la posible independencia de su mujer. Atarla corta que dice el machismo de libro. La creatividad es imparable. Ya Rilke lo decía en referencia a su adicción a escribir, no era nada si no lo hacia, en el caso de Carmen el dios de las pequeñas cosas dirigía sus pinceladas.

¡Eso si, a escondidas! Realizaba sus cuadros, los vendía teniendo siempre un dinero suyo, ganado con su arte donde sólo entraba ella y su ser.

Carmen ansiaba hijos, pero como no podía ser de otra manera, en aquel ambiente enrarecido que se iba viciando poco a poco, surgieron los problemas. Se ponen en manos de su ginecólogo que les manda un tratamiento, pero surge otro problema…Su marido no toma el asunto con mucha constancia. Carmen no es ahora aquella niña que hacia pucheros mientras le arrebataban a su amado, ni la que perdió a sus padres; el germen de ser mujer o morir intentándolo (pensamiento revolucionario que la acompañó siempre obviando la época que le había tocado vivir).

El tratamiento dio resultado. El día 31 de enero de 1967 junto al Dr. Bracho, con parto natural, de pie, nace en el Centro Obstétrico de Caracas su primogénita Carmen Rosa Julvez López. Creada a golpes de pincel y constancia, creada a partir de colores cálidos, neutros, rojos de amor.

En estos momentos, Eduardo trabaja de contador general para la Ransa (Rutas Aéreas Nacionales S.A). Viven desahogadamente en la zona de Campo Alegre en Caracas en un piso de alquiler, la vida les sonríe. Carmen silenciosa, sin dejar de pintar, maravillada ante el milagro de ser madre y ver crecer a su hija. No pasa mucho tiempo, el 26 de diciembre de 1968, por parto sedado, nace su hijo Eduardo Jesús Julvez López. Felicidad extrema, mira sonriendo a su marido.

Se trasladan a un piso en la zona de Chacaito, Residencias San Sousi. Carmen elige el piso 14, le gustan las cosas diferentes, verlas desde un ángulo mejor, en este caso de bastante arriba. Tiempo de trabajo, crianza, crecimiento. Eduardo se separa del socio con el que trabajaba y abre su propia oficina contable.

La vida familiar se desarrolla con cierta quietud fingida, Carmen no puede evitar ser independiente, tener inquietudes,  pensar por sí misma, dirigir su vida hacia la creatividad. Punto de conflicto entre ella y su marido, hombre más mundano, perdido en sus cuentas, mente más sólida de un mundo más dormido, más dispuesto a sacrificar su tiempo en aras del bien común y el bienestar económico. Las cosas en su sitio como ha sido siempre. Desgraciadamente el artista no entiende de nada de esto y si no vean cuantos han muerto en la indigencia corriendo tras unas musas que no siempre son agradecidas.

Muchas son las desavenencias que terminan con separación y divorcio en el año 1973. Sus hijos cuentan con 6 y 4 años de edad, con esta decisión, mal vista en su época, Carmen sigue adelante con su camino aunque sea difícil mantener una vida laboral y familiar, sobre todo para una mujer sola. Su hermano Jesús se presenta en Venezuela para ver si puede mediar en el conflicto pero ante la irrevocable decisión de Carmen (tozudez maña creo que se llama), se vuelve de vacío para España. Nueva etapa para esta impetuosa mujer, criar a dos hijos y salir adelante. Nuevo reto para la artista, nuevos colores, casi todos oscuros.

Explosión creativa, Carmen saca sus pinceles para que les de el aire, abre el tarro de las esencias y se dedica de lleno a su pintura, sin tapujos, sin miedo a ser pillada in fraganti. Los bocetos y lienzos campan a sus anchas ¡no hay mal que por bien no venga! La pintura pasa a ser un medio de vida que la ayuda a subsistir, ya que la de por si bastante exigua pensión de su marido, sufre recortes continuamente por un motivo o por otro.

Conoce a los maestros López Méndez y Fidel Santamaría, ambos de conocido renombre en Venezuela y en el resto de América latina, empieza a asistir a sus clases de pintura. En 1974 el maestro Fidel Santamaría llega incluso a realizar un retrato de Carmen que aun hoy en día forma parte de la colección familiar. También entabla amistad con Jesús Omedas oriundo de Teruel, mantuvieron el contacto de por vida. Durante estos años tuvo una relación con Máximo Ibáñez de origen vasco; fueron tiempos de crecimiento personal y de internamiento en la vida cultural y artística que siempre había ansiado.

En las clases de pintura, conoce también a María Jiménez de Mora alias Maru. Pintora como ella, entablan una amistad que perdura para siempre ya que Maru reside, coincidiendo con Carmen, en Tenerife hasta los últimos días de ésta. En alguna ocasión incluso expusieron juntas, como fue el caso de la exposición del 10 de mayo de 1990 en el Circulo Fuerzas Armadas.

A finales de los años setenta de manera casual, le surge la oportunidad de viajar a los Estados Unidos impulsada por el ambiente en el que se mueve y a su vez por oír hablar de la escuela de arte de New York: The Art Students League of New York.

Su vida da un giro completo, arrastrando miles de miedos, a sus dos hijos menores, con pocas entradas económicas y con la oposición de su marido, parte a un mundo desconocido con ansias y premuras. Para todo aquel que el anhelo artístico no suponga nada o no lo haya sentido jamás, tal vez la decisión de Carmen parezca ser egoísta y peligrosa sobre todo por verse involucrados sus hijos, pero el ansia de la creación te guía y nunca es capaz, si te sacrificas por ella, de dejarte en la estacada.

Los primeros tres meses residen en un hotel ubicado en Lexinton Avenue donde le ofrecen un precio especial por estar el edificio en obras, la diosa fortuna la favorece. Cuando sus hijos empiezan en el colegio, pensando en la comodidad de ellos, se muda a una zona más residencial, teniendo ella que coger varios autobuses para desplazarse hasta la escuela de arte. Sin duda, como recordaba la propia Carmen, fue la mejor etapa de su vida. No cabe duda que New York, como centro neurálgico del mundo, para una artista como ella, era el paraíso. Conoció mucha gente con sus mismas inquietudes, tuvo amoríos, hizo grandes amistades como es el caso de Rosa Marmouget amiga y hermana hasta sus últimos días. Entre ellas no existía distancias, la amistad perduró y perdura por siempre.

Durante su estadía, sus maestros no dejan de halagarla, insuflada por esto y por que nunca nadie había tenido tal fe en ella, se volvió una máquina creativa. La entusiasmaron de tal forma que incluso la empujaron hacia la escultura ¡Bendito empuje! Ahí es donde Carmen encuentra su sello personal, infligiendo a la madera y a la piedra su ser, su estilo. Imagino a esa mujer frente a su primer pedazo de madera, callada, reflexiva, con la mente en blanco. Coge en sus manos las herramientas, las sopesa, le habla a la madera, la escucha, le pide perdón por sacar a la luz su secreto; imbuida de un halo que el artista no interpreta porque ni tan siquiera sabe de donde viene, aunque sospecha que de algo superior a él, con cariño le va sacando lascas al tocón hasta que va escupiendo su verdad. Carmen impresionada con el resultado, deja que las lágrimas se reúnan con el serrín configurando un todo con su escultura.

Por presiones familiares, debe tomar una decisión drástica con respecto a sus hijos, decide mandarlos con su padre a Venezuela. Una cuestión que le pesa pero que en ese momento cree que es la mejor. No pierde el contacto con ellos en ningún momento pero no cabe duda que la distancia le oprime.

Tras un año sin sus hijos y por denegarle el permiso de residencia en los Estados Unidos, pasa por momentos bajos y decide regresar a Caracas para reactivar su vida familiar en detrimento de su carrera artística.

Cuando regresa a Venezuela en compañía de sus esculturas, por tener su apartamento alquilado, le ceden una habitación en casa de una amiga de su hija. Berta Pena Lourido que así se llama la madre, pasa a formar parte del elenco de amistades que conservará toda su vida. Pasado un tiempo, logra recuperar su apartamento y se va a vivir con sus hijos, aunque el varón decide quedarse con su padre que en ese momento se vuelve a España, concretamente a Santa Cruz de Tenerife en lugar de regresar a su Zaragoza natal. Antes de abandonar Venezuela su ex marido contrae matrimonio con Marisela Moraos. La partida de su hijo le causa un gran dolor pero consideraba que, a sus catorce años, ya era lo suficientemente mayor para decidir por si mismo lo que quería. Ella más que nadie entendía lo que suponía  para cada uno tomar su propio camino, esto no dejaba de suponerle un intenso dolor. Por encima del arte siempre habían estado sus hijos.

En compañía de su hija retoma su azarosa existencia, comienza a ir a la escuela de arte Cristóbal Rojas, donde tenía un sitio para dejar sus herramientas y materiales, pudiendo trabajar por su cuenta en compañía de otros artistas. Allí hace amistad con la pintora y escultora italiana Rosalba Salerno.

Sigue residiendo en Caracas hasta que la situación económica se vuelve insostenible en el país cayendo el valor del bolívar. Sus propiedades, fuente de ingresos, pierden valor. Su salud se resiente y la economía no mejora por lo tanto decide regresar a España. Esta vez se afinca en la provincia de Toledo donde se compra una casa con 1200 metros de terreno en un lugar llamado Serranillos Playa. Las bellísimas vistas le ayudan a pintar motivos paisajísticos y a dejar volar la mente en busca de sus musas. Su salud no mejora degenerando en reuma y artrosis.

Apartada en aquel lugar idílico pinta, pero expone poco y cada vez se aparta un poco más de la vida mundana. De aquella época son sus amigos María Luisa y el matrimonio formado por Milagros y Daniel. Poco a poco se da cuenta que aquel lugar no dispone de las comodidades necesarias para una persona enferma. Pasan algunos años, separada de sus hijos; su hijo en Tenerife y su hija en Caracas, esta última decide volver a España, por consejo suyo la insta para que vaya con su padre y curse estudios turísticos en Santa Cruz de Tenerife. Abatida y sola pasa por momentos angustiosos. Se plantea marcharse, mal vende su casa y regresa a Caracas.

Retoma las artes, pintando, esculpiendo y dando algunas clases como ayuda económica. Recibe una gran noticia, su hijo va a vivir con ella mientras realiza estudios de contador. Esta situación que le place sobremanera, no dura mucho tiempo, su hijo termina los estudios y regresa a Tenerife. Entonces los acontecimientos se precipitan, su soledad le pesa, su salud y la mala situación económica que empieza a afectar al país le hace replantearse el volver a España. Esta vez cerca de sus hijos, por eso decide afincarse en Tenerife.

El sitio elegido es en el sur de la isla concretamente en San Miguel de Abona donde residirá hasta sus últimos días. Su salud empieza a declinar con visos de empeorar, la atacan la artrosis, la artritis reumatoide, hipertensión… El arte aqueja la vida.

Comienza un largo tratamiento y para ello se pone en manos del doctor Cantabrana, con el cual establece una buena relación paciente-médico. Éste consigue atenuarle la enfermedad y tenerla bajo unos parámetros razonables. Desgraciadamente y quizás, a través del limbo de los artistas, le llega otra enfermedad degenerativa que no ayuda al de por si complicado cuadro: Alzahimer

Aun así sigue su lucha y se pone en manos de la doctora Margarita López Roa para paliar en cierta medida los estragos de esta dolencia.

Desde esta lucha, no deja de pintar rebuscando colores en su paraíso onírico, no deja de exponer aunque el traslado de su cuerpo físico barrunte dolor en su paleta de artista. La vida dura la embadurna de azul cobalto, de rojo granate, de fe y esperanza en los suyos.

A finales de Julio de 2007 insta a su hija para que la lleve de viaje a su pueblo natal, ya que intuye la cercanía de Caronte. Acompañada de sus dos hijos y su nieto volvió a su origen, a los remansos de paz donde empezó a darle vida a sus pinceles. Después de visitar a sus amigas y parientes, parece que su cuerpo dio por cumplida su experiencia en este entorno telúrico. Cual reminiscencia de su pasión el color amarillo se apodera de ella, amarillo bilirrubina. Aquejada de ictericia la desplazan a un hospital de Zaragoza, durante dos días la someten a todo tipo de pruebas, ella mira a los facultativos con paciencia; no saben lo que ella sabe: estoy aquí para marcharme. Como está capacitada para viajar, la familia y ella regresan a Tenerife, una vez allí es hospitalizada en la residencia Sanitaria Nuestra Señora de Candelaria, corría el 31 de Julio de 2007.

El cáncer de páncreas hace su aparición, el proceso de una enfermedad es algo terrible y doloroso por eso prefiero pensar que Carmen vagaba por paisajes de colores suaves, de pintores anónimos y famosos, en un bosque creado a partir de sus esculturas, ella dándole formas increíbles a los manzanos de frutas multicolores, a los recios robles, a las piedras, al frío mármol que en sus manos se derretía. Envuelta en impoluto lino sin color descansa sobre un trono de piedra, hecho por ella misma, mientras sus musas deambulan a su alrededor. Sonríe mientras a través de su respiración entra en los pulmones de todos sus seres amados y risueña cierra los ojos en este mundo…

El 8 de Noviembre de 2007, sus amados hijos observan su cuerpo abandonado y la despiden con dolor en la certeza de que ahora descansa y vela por ellos. Muchos fueron los amigos que se acercaron a despedirla, muchos que por no poder acudir a su lado, la inundaron de los colores que tanto le gustaban envueltos en la fragancia de dulces flores. Sus obras, hijos de su arte, reposaban tranquilas dando a entender que cada una de ellas es poseedora del alma de su madre.

 

Jesús González Padrón, Güimar primavera 2008

 

 

Agradecimientos

Antes que nada quiero agradecer a la familia de Carmen y especialmente a su hija, por dejarme darle forma a la biografía que me aportó sobre su madre y sobre todo la oportunidad que me brindó de conocer y poder ser el vehículo por el cual habla su madre, yo no tengo nada que ver con lo escrito, se me susurró mientras lo hacía… También, como no, a la protagonista de esta vida, Carmen López Tovar que me ha enseñado que la pasión por la que vive uno ha de prevalecer por encima de todas las cosas. Por último a Dios, por las cosas que me ocurren a diario.

 

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